Sr. Vicenta Guilarte, F.I., EDUCADORA EN LA FE, POBRE Y FELIZ

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EDUCADORA EN LA FE, POBRE Y FELIZ

 

Hoy quisiera invitaros a mirar 2 aspectos centrales en la vida de M. Vicenta Guilarte, Hija de Jesús. El primero se refiere a ella como educadora en la fe, mientras que el segundo se refiere a su vida de pobreza. Los dos están estrechamente entrelazados.

 

EDUCANDO EN LA FE CONSTANTEMENTE

 

Sabemos que cuando Madre Vicenta fue enviada a Leopoldina (Brasil), hubo un cambio drástico en su lugar de trabajo, desde el aula a la portería. Pero la M. Vicenta siguió siendo, como siempre, una educadora en la fe.

 

Entre los beneficiarios de su acción educativa se encontraba una estudiante no internada que estuvo siete años en el colegio y señaló a la M. Vicenta como maestra y guía, identificando su relación como de amistad y de formación continua y cotidiana en la fe, a través de una interacción que tuvo lugar en el pequeño rincón debajo de las escaleras a la entrada del colegio, donde solía quedarse la M. Vicenta. El efecto de esta relación sería lo suficientemente poderoso como para permitir al testigo decir, a la edad de 75 años, "Guardo en mi corazón sus consejos, los cuales me dan fuerza y valor para vivir". Ella dijo:

 

Cuando ella hablaba de Dios, parecía que lo estaba viendo. A veces yo, impresionada, le decía lo que pensaba de ella y ella me respondía: "No, hija mía, no diga eso". Amaba muchísimo a Jesucristo y siempre hablaba de la necesidad de amarlo sobre todas las cosas: “Ama siempre a Dios; sobre todas las cosas debemos amar a Dios.” Yo me admiraba de la profundidad de sus palabras y ella repetía: "Ama a Dios sobre todas las cosas y serás muy feliz". Yo, entonces, le decía: “Por eso Vd. es  muy feliz”. Y ella me respondía: “¡Por eso...!” Siempre rezaba por todas las personas, principalmente por los pecadores, y me decía: “Por eso te estoy educando, para que des valor a Jesús; muchos hacen cosas equivocadas porque no tuvieron a nadie que les enseñase a orientar sus vidas”...

 

También tenemos la historia de un niño, Juanito, que entró en contacto con la M. Vicenta y, como muchos otros, entabló conversación con ella y se convirtió en su "alumno". Conoció a la M. Vicenta cuando fue al colegio como monaguillo, sirviendo en las Misas diarias que se celebraban allí. Observó cómo la Madre Vicenta, que casi nunca dejaba su pequeño rincón, cautivó a todos con sus palabras y enseñanzas:

 

“Tenía el don de penetrar en lo más profundo del corazón de todas las personas y, con sus enseñanzas y palabras, cautivaba a todos. ... Hizo mucho por las personas con sus oraciones y, a veces, sólo con su palabra. Ella casi no salía de su rinconcito, pero siempre tenía una palabra de cariño que penetraba en el corazón de las personas... Aprendí a amar a Dios y al prójimo gracias a las enseñanzas de la Madre Vicenta. Era una persona que jamás sabía decir “NO”. Recibía bien a todos, desde D. Delfín [el obispo] hasta el pobre “Chico Doce” y “Deia” (una enferma mental que cogía a veces las limosnas y ayudas dejadas en la gruta de la Virgen). Todo esto lo hacía ella porque veía a Cristo en la persona del prójimo, en la persona del hermano. Hablaba como si Cristo estuviese próximo: “Cristo es amigo; Cristo es hermano".

 

Ella tenía una fe inquebrantable. ... transmitía esta fe a todas las personas a través de sus conversaciones y enseñanzas. Yo aprendí mucho con ella. Insistía siempre en que la gente no puede jamás perder la fe y la confianza en Dios. “Ten fe, porque Cristo siempre nos va a atender en todas nuestras necesidades”, me decía la sierva de Dios. “Recurre a Él siempre usando el nombre de la Virgen María”, repetía.

 

... tenía un profundo amor a Dios y trataba de comunicar esto a las personas en su día a día, en su manera de ser y de actuar. ... El amor de la Madre Vicenta a Dios era tan intenso que dejaba transparentarse esta realidad ante todas las personas.

 

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VIVIENDO LA POBREZA CON ALEGRÍA

 

Había otro aspecto de la vida de la Madre Vicenta que destacaba. Según quienes la conocieron, Madre Vicenta vivió una pobreza material radical y una pobreza espiritual extraordinaria. Vivió la pobreza por motivos sobrenaturales, con una perseverancia incansable toda su vida y con alegría visible. Su forma de vivir la pobreza era excepcional y muy superior a lo común, convirtiéndola en un verdadero testigo y ejemplo para los demás.

 

Todas las hermanas de la comunidad sabían que la M. Vicenta vivía radicalmente su voto de pobreza, teniendo sólo lo que era necesario. Y en el uso de las cosas necesarias, como comida, ropa, vivienda y dinero, ejerció la pobreza rigurosamente. Entre muchos, citamos solo a una hermana aquí:

 

La sierva de Dios practicó la virtud de la pobreza siempre y en todas las circunstancias. Aunque sintiese la necesidad de alguna cosa, no la buscaba. Cuando le hablé de esta realidad, ella me dijo: "Hay que sentir la pobreza en la propia piel". ... 

 

También demuestran su pobreza sus cuadernos de notas. No teníamos cuartos individuales en aquella época; en su celda no había nada; sólo lo absolutamente necesario. Siempre decía: "Nosotras tenemos que tener y vivir siempre la pobreza".

 

Además de la pobreza material, ella vivió la pobreza espiritual, de una manera extraordinaria y enérgica. De las hermanas que habían vivido con ella citamos aquí sólo una:

 

Mantuvo siempre su espíritu apartado de los bienes temporales, preocupándose por los espirituales. Como verdadera Hija de Jesús, vivió con toda vitalidad la pobreza de espíritu.

 

La hermana que vivió con ella por más tiempo (¡por 27 años!) lo resume mejor: (esta fue la cocinera de la comunidad)

 

Yo creo que a Madre Vicenta no le importaban las cosas de este mundo.

 

Cultivó la pobreza de espíritu. Era amante del trabajo, eso sí, y nunca la vi faltar a la pobreza.

 

Y fuera de la comunidad, el monaguillo Juanito corrobora la descripción anterior de la Madre Vicenta:

 

Era gran amante del trabajo y prefería los oficios más sencillos y humildes. Siempre trabajó aquí como portera.  Aprendí con ella que “si queremos tener a Dios más cerca de nosotros, debemos buscarlo en los servicios más humildes”.  Sé que el servicio de la portería no es nada fácil, pero ella se santificó santificando su misión.

 

Para la Madre Vicenta, las cosas de este mundo no le importaban. Solo Cristo le importaba. Su pobreza surgió de motivos sobrenaturales: ser pobre para Cristo, estar totalmente dedicada a la voluntad de Dios, en obediencia a la Regla, buscando solo amar a Dios y al prójimo por completo, y dedicarse a sus deberes, especialmente en la portería. En las palabras de dos Hijas Jesús:

 

La sierva de Dios practicó la pobreza viviéndola hasta sus últimas consecuencias.

 

La virtud de la pobreza fue vivida por la Madre Vicenta en grado heroico, como una verdadera Hija de Jesús. Decía ella: "Si Dios es pobre, yo tengo que ser pobre". Ella quería ser pobre por Cristo.

 

La Madre Vicenta practicó la pobreza en grado heroico en su sencillez, en su total entrega a la voluntad de Dios. ...

 

Las manifestaciones de esta virtud eran evidentes. Fue siempre muy pobre porque vivía la pobreza con espíritu de sumisión a la voluntad de Dios y en obediencia a la regla. No tenía nada de especial o superfluo y procuraba siempre vivir la pobreza de espíritu, además de la pobreza material.

 

Entre muchos, citamos solo un testimonio de una ex alumna del colegio:

 

Sólo tenía aquello que le era necesario para vivir y buscaba constantemente la pobreza de espíritu, amando notablemente a las personas y todo aquello que hacía, especialmente su trabajo en la portería.

 

Con sus ojos fijos solo en Dios, la Sierva de Dios vio el trabajo como un regalo de Él, y ella podía encontrarlo en cualquier tarea que le fuera dada. Dos hermanas que vivieron con ella nos dicen:

 

Tenía un gran amor por el trabajo, que consideraba un don de Dios, y mostraba predilección por los puestos más bajos.

 

Tenía un gran respeto por el trabajo y amaba lo que hacía.

 

Aunque era maestra, no le importó quedar en la portería.  Para ella, todos los trabajos eran iguales. Por eso, afirmaba: "Dios está en todas partes, en las cosas grandes y en las cosas pequeñas".

 

Así ella pudo aceptar puestos humildes con amor, docilidad, naturalidad e incluso entusiasmo:

 

Era profundamente apasionada por lo que hacía y amaba su trabajo, no importándole que fuese humilde. Cultivó siempre la verdadera pobreza de espíritu, y en esto sobresalía.(de una ex alumna de nuestro colegio)

 

Amó su trabajo y manifestó su pobreza permaneciendo en una tarea humilde, durante toda su vida en Leopoldina, a pesar de tener un título de maestra. (de su última Superiora)

 

De una ex alumna que conoció a la Madre Vicenta durante 30 años:

 

Manifestaba esta pobreza en su preferencia por los oficios más humildes, en los que veía una oportunidad para la glorificación de Dios. Si llegó a ser vicesuperiora fue porque era una persona de mucha cultura, pero, sin embargo, jamás se vanaglorió de ello. Muchos aquí ni sabían tal cosa. Sé que la sierva de Dios procuraba disimular esta realidad con mucha sencillez.

 

Sin desear nada para sí misma, practicó la pobreza con perseverancia incansable toda su vida, con fortaleza y con toda naturalidad y sencillez. De su última superiora:

 

La sierva de Dios practicó en grado heroico la pobreza, obedeciendo a todo aquello que la congregación ordenaba. Ella no deseaba nada, nada quería y nada quiso para sí durante toda su vida.

 

En la comunidad, ella constantemente dejaba a las demás elegir lo mejor, tomando lo peor para sí misma, sin quejarse ni preocuparse por nada: (de 2 hermanas que habían vivido con ella, la segunda siendo su última superiora)

 

Cultivó profundamente el espíritu de pobreza espiritual y se distinguió entre las demás religiosas por no quejarse de nada que se le daba. Además de eso, era siempre la última en escoger las cosas; cuando ella iba a hacerlo, lo mejor ya había sido escogido.

 

Se distinguía de las demás por no preocuparse por ninguna cosa; para ella, le bastaba lo estrictamente necesario.

 

De una ex alumna que mantuvo contacto con la M. Vicenta hasta la muerte de ésta:

 

La Sierva de Dios fue siempre una persona muy despojada y desprendida de todos los bienes materiales, y vivió a lo largo de su vida la virtud de la pobreza en grado heroico. Vivió la pobreza con gran eficacia y fortaleza.

 

De una religiosa de otra Congregación que había conocido a M. Vicenta durante 9 años y que presenció sus últimos momentos como su enfermera:

 

La sierva de Dios vivió la pobreza en grado heroico. Estaba totalmente desprendida y despojada de todos los bienes materiales y terrenos. Ella vivió la pobreza en una sencillez impresionante.

 

Una ex alumna señaló su alegría y humildad al vivir la pobreza:

 

Era muy sencilla hasta en su manera de vestirse y se distinguía de las demás porque vivía su pobreza en la alegría y en la humildad. Nunca la vi con rabia o malhumorada.

 

De la mujer del carpintero del colegio cuyas hijas estudiaron allí:

 

La sierva de Dios practicó la pobreza en grado heroico. Ella vivía la pobreza con profunda gratitud.

 

Apreciaba los oficios más pobres y tenía un inmenso placer en servir a los otros. Fue allí, en la portería y en la capilla donde la conocí, siempre sirviendo y sonriendo.

 

Su testimonio y su ejemplo impresionaron y atrajeron incluso a personas ajenas a la comunidad que entraron en contacto con ella. Una testigo que había conocido a la M. Vicenta como alumna y continuó relacionándose con ella hasta la muerte de esta última dice :

 

Practicó la virtud de la pobreza en grado heroico; su testimonio de despojo fue impresionante. No tenía nada como suyo; todo era para sus pobres y los necesitados. Amaba mucho su trabajo, sin importarle que fuese considerado humilde.

 

Jamás faltó al voto de pobreza y esto encantaba a las personas que se relacionaban con ella.

 

De otra ex alumna:

 

La Sierva de Dios practicó la virtud de la pobreza en un desprendimiento total de las cosas materiales y a través de un despojo deslumbrante.

 

No tenía prácticamente nada; sólo lo estrictamente necesario para vivir, y nos enseñó a vivir los valores evangélicos de "no atesorar tesoros aquí en la tierra".

 

El catecismo nos dice básicamente quién es el hombre --- es creado por Dios, para Dios, y sólo en Dios encontrará la verdad y la felicidad que busca:

 

El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar...(Catecismo de la Iglesia Católica, n. 27)

 

¿A esto se refería la Madre Vicenta cuando decía: “Por eso te estoy educando, para que des valor a Jesús; muchos hacen cosas equivocadas porque no tuvieron a nadie que les enseñase a orientar sus vidas”? Porque esto fue después de que ella le dijo a la alumna: “Ama a Dios sobre todas las cosas y serás muy feliz”.

 

Practicar la virtud de la pobreza nos capacita para buscar a Dios, no a otras cosas...

 

La vida de la Madre Vicenta fue un regalo de Dios para nosotras, para la Congregación, para todos. Nuestra vida también es un don precioso de Dios para nosotras mismas y para los demás. ¿Qué estamos haciendo con este regalo?

 

Madre Vicenta, ruega por nosotros!

 

 

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